Quiero empezar a redactar este santoral americano, presentando a tres cristianos de la Iglesia canadiense, tomo algunos fragmentos de la homilía de Juan Pablo II en su beatificación el domingo 22 de junio de 1980:
Beata María de la Encarnación Guyart
María de la Encarnación (Marie Guyart), ha sido justamente llamada «Madre de la Iglesia católica en Canadá».
A los 17 años se casa con Claude Martin; a los 18, es madre; a los 20 se queda viuda. María rechaza un segundo matrimonio que le proponían sus padres y, a los 32 años, entra en el monasterio de las ursulinas de Tours. Dios le hace comprender la fealdad del pecado y la necesidad de la redención. Profundamente devota del Corazón de Jesús y meditando asiduamente el misterio de la Encarnación, madura su vocación misionera. «Mi cuerpo estaba en nuestro monasterio —escribiría en su autobiografía— pero mi espíritu no podía estar encerrado allí. El Espíritu de Jesús me llevaba a las Indias, al Japón, a América, al Oriente, al Occidente, a las regiones de Canadá y a los Hurones, a toda la tierra habitable, donde había almas que yo quería perteneciesen a Jesucristo». En 1639, la encontramos en Canadá. Es la primera religiosa francesa misionera. Su apostolado catequístico en favor de los indígenas es infatigable; compone un catecismo en lengua de los hurones, otro en la de los iraqueses, un tercero en la de los algonquinos.
Alma profundamente contemplativa, pero comprometida en la acción apostólica, formula el voto de «buscar la mayor gloria de Dios en todo lo que sirva para mayor santificación» y en mayo de 1653 se ofrece interiormente en holocausto a Dios por el bien de Canadá.
Maestra de vida espiritual, hasta el punto de que Bossuet la definió como «la Teresa del Nuevo Mundo», y promotora de obras de evangelización, María de la Encarnación reúne en sí, de modo admirable, la contemplación y la acción. En ella se realiza plenamente la mujer cristiana, con raro equilibrio, en todos los estados de vida: esposa, madre, viuda, directora de empresas, religiosa, mística, misionera; y todo ello, siendo siempre fiel a Cristo, siempre en estrecha unión con Dios.
Beato Francisco de Montmorency - Laval
Noble hijo de Francia, Francisco de Montmorency-Laval, animado también él por el carisma misionero, habría podido aspirar a las carreras humanas más prometedoras, pero prefirió corresponder generosamente a la invitación de Cristo, que le enviaba a anunciar el Evangelio en tierras lejanas. Nombrado vicario apostólico en «Nueva Francia», investido del carácter episcopal, se establece en Quebec y se decide, con celo infatigable a la expansión del Reino de Dios, realizando en sí la figura ideal del obispo. Consagra a los indios las primicias de su ministerio; viaja constantemente a través de la inmensa región, mitad del continente norteamericano; funda el seminario de Quebec, que llegará a ser seguidamente la «Universidad Laval», una de las primeras Universidades Católicas de los tiempos modernos; se preocupa, con cuidado particular, de los sacerdotes, de los religiosos y de las religiosas y obtiene de la Santa Sede la institución en París de un seminario para «Misiones extranjeras».
María de la Encarnación, que le había precedido en Canadá veinte años antes y que hoy es beatificada con él, escribía a poco de su llegada: «Es un hombre de gran mérito y de virtud insigne; no son los hombres quienes le han elegido; debo decir realmente que vive como un santo y como un apóstol».
Beata Kateri Tekawitha
Esta corona maravillosa de nuevos Beatos, espléndido don de Dios a su Iglesia, se cierra con la dulce, frágil y fuerte figura de una joven, muerta a los 24 años de edad: Catalina Tekakwitha, el «lirio de los Mohawks», la primera virgen iroquesa, que en Norteamérica renovó, en el siglo XVII, los prodigios de santidad de Santa Escolástica, Santa Gertrudis, Santa Catalina de Sena, Santa Angela de Merici, Santa Rosa de Lima, precediendo, en el camino del Amor, a su gran hermana espiritual, Teresa del Niño Jesús.
Transcurre su breve existencia, parte en el territorio donde se encuentra hoy el Estado de Nueva York y el resto en Canadá. Es gentil, dócil, laboriosa y pasa el tiempo trabajando, rezando y meditando. A los 20 años recibe el bautismo. Incluso en las temporadas de caza, siguiendo a su propia tribu, continúa sus ejercicios de piedad, que realiza ante una tosca cruz, que ella misma ha tallado en la selva. Invitada por su familia al matrimonio, responde con mucha serenidad y firmeza que tiene a Jesús como único esposo; tal decisión, consideradas las condiciones sociales de la mujer en las tribus indias de aquel tiempo, supone para Catalina el riesgo de vivir marginada y en la miseria. Es un gesto valeroso, contracorriente, profético: el 25 de marzo de 1679, a los 23 años, Catalina, con el consentimiento de su director espiritual, hace voto de perpetua virginidad, el primero conocido, de esa índole, entre lo indios de Norteamérica.
Los últimos meses de su vida son una manifestación cada vez mayor de su fe sólida, de su límpida humildad, de su serena resignación, de su gozo luminoso, aun en medio de atroces sufrimientos. Sus últimas palabras, sencillas y sublimes, susurradas en trance de muerte, sintetizan, como cántico altísimo, una vida de purísima caridad: «Jesús, te amo».



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